Y todo el resto es silencio

16,99

Se ha dicho muchas veces que Shakespeare era el seudónimo para un colectivo de dramaturgos de la época en que se piensa vivió el autor de “Romeo y Julieta”, por citar. Y más allá de la irrelevancia de la conjetura, a la luz de datos suficientes sobre la verosimilitud de su existencia como individuo forjador, por ejemplo, del Teatro The Globe, podríamos aseverar que ‘fue muchos hombres distintos’. El cúmulo de su producción así lo deja entrever, la variedad de pensamientos, la policromía de tonos utilizados, la multiplicidad de los caracteres que asoman en cada obra y en cada escena de cada obra. Asimismo, los modos diferentes de asestar su óptica a personajes de igual gama: verbigracia, su tratamiento para con los reyes. El rey Juan, de quien cuenta su vida y muerte, difiere notoriamente del Leontes de Cuento de invierno: en uno importan su caudal político y su liderazgo en la brega y en el otro la melancolía del mundo y los sucesos que lo acucian. Y ni hablar si como tercero en discordia insertamos nada más y nada menos que a Lear, padre, antes que nada, anciano tutelar, moribundo de sus propios deseos e indignación (es decir, con un acometimiento mucho más psicológico y alejado de la investidura).
Shakespeare es polifónico: muchas voces, muchos sentires, muchos conceptos, muchas formas de ‘entretener’ pero muchas más de mover a la reflexión, de motivar la sentencia, la conclusión, el juicio sobre las relaciones humanas y los acontecimientos que ellas desencadenan.
Incluso en lo que hace a su inmersión en géneros distintos: la frontera entre las tragedias y las comedias es apenas sutil en lo que hace a la consustanciación de un discurso sobre el destino y las conductas humanas. Simplemente que la ´tragodoi’ impulsa a que corra la sangre que Talía traduce en festín o en resignación, y donde los personajes en un caso llevan sus acciones al límite mientras que en el otro son condescendientes y asumen su posición en el Cosmos. Unos se revelan y caen, otros aceptan y sonríen. Pero la suerte del devenir está siempre sobre el tapete.
A todas estas articulaciones multifacéticas, le agrega el presente libro la del joven profesor, investigador y escritor Diego Ortega Servian. Sakespeareano en su compostura de autor de cinco actos en referencia, que se nutren del espíritu patético de la fuente en que beben, como así también de la gracia, la palabra y el valor simbólico de todo el arsenal con que se atreve, Ortega instaura modos sugestivos de acuñar una didáctica capaz de recaer sobre lo profundo, sobre lo poético, sobre lo discursivo y sobre lo existencial. Si tal pléyade hubiese existido, su aplicación a enraizarse con los planteos y la vastedad shakespearianas bien le hubiera valido una pertenencia al seudónimo. Estamos ante piezas cuyo sentido, de alguna u otra forma, conduce al desentrañamiento de las condiciones del mundo. Y el solo hecho de aproximarnos a tamaño derrotero nos envuelve en la magnanimidad del proyecto original. Sencillamente, para afrontar un discurrir sobre este autor (o ‘autores’) hay que haberse leído mínimamente treintaiséis obras (también se discuten algunos títulos que entran o no en tal colección), determinadas a una duración de entre cuatro y cinco horas cada una. Ya eso implica una tarea ciclópea. A lo que es digno agregarle el holgado listado de poemas (sonetos y otras especies) con que el príncipe se despachó constituyéndose también, y a la vez, en uno de los padres de la poesía moderna.
La versatilidad de Ortega la podemos ubicar asimismo en la convicción con que acuña su propia poética, intitulando los diferentes parágrafos con frases sintomáticas del texto que analiza y sobre el que se explaya. Ello representa un impulso bien conceptual, casi argumental, pero fija el rumbo por el cual nos conduce hacia la obra en su totalidad; aunque, nótese que son asertos de orden universal, prácticamente filosóficos. Es decir, Ortega asume su ‘dramaturgia’ a partir de tomar de las palabras shakespearianas aquellas que nos insertan en un nivel de la problemática, que no es precisamente el del estilo o el de la trama o el de los conflictos parciales.

Categoría:

Descripción

Se ha dicho muchas veces que Shakespeare era el seudónimo para un colectivo de dramaturgos de la época en que se piensa vivió el autor de “Romeo y Julieta”, por citar. Y más allá de la irrelevancia de la conjetura, a la luz de datos suficientes sobre la verosimilitud de su existencia como individuo forjador, por ejemplo, del Teatro The Globe, podríamos aseverar que ‘fue muchos hombres distintos’. El cúmulo de su producción así lo deja entrever, la variedad de pensamientos, la policromía de tonos utilizados, la multiplicidad de los caracteres que asoman en cada obra y en cada escena de cada obra. Asimismo, los modos diferentes de asestar su óptica a personajes de igual gama: verbigracia, su tratamiento para con los reyes. El rey Juan, de quien cuenta su vida y muerte, difiere notoriamente del Leontes de Cuento de invierno: en uno importan su caudal político y su liderazgo en la brega y en el otro la melancolía del mundo y los sucesos que lo acucian. Y ni hablar si como tercero en discordia insertamos nada más y nada menos que a Lear, padre, antes que nada, anciano tutelar, moribundo de sus propios deseos e indignación (es decir, con un acometimiento mucho más psicológico y alejado de la investidura).
Shakespeare es polifónico: muchas voces, muchos sentires, muchos conceptos, muchas formas de ‘entretener’ pero muchas más de mover a la reflexión, de motivar la sentencia, la conclusión, el juicio sobre las relaciones humanas y los acontecimientos que ellas desencadenan.
Incluso en lo que hace a su inmersión en géneros distintos: la frontera entre las tragedias y las comedias es apenas sutil en lo que hace a la consustanciación de un discurso sobre el destino y las conductas humanas. Simplemente que la ´tragodoi’ impulsa a que corra la sangre que Talía traduce en festín o en resignación, y donde los personajes en un caso llevan sus acciones al límite mientras que en el otro son condescendientes y asumen su posición en el Cosmos. Unos se revelan y caen, otros aceptan y sonríen. Pero la suerte del devenir está siempre sobre el tapete.
A todas estas articulaciones multifacéticas, le agrega el presente libro la del joven profesor, investigador y escritor Diego Ortega Servian. Sakespeareano en su compostura de autor de cinco actos en referencia, que se nutren del espíritu patético de la fuente en que beben, como así también de la gracia, la palabra y el valor simbólico de todo el arsenal con que se atreve, Ortega instaura modos sugestivos de acuñar una didáctica capaz de recaer sobre lo profundo, sobre lo poético, sobre lo discursivo y sobre lo existencial. Si tal pléyade hubiese existido, su aplicación a enraizarse con los planteos y la vastedad shakespearianas bien le hubiera valido una pertenencia al seudónimo. Estamos ante piezas cuyo sentido, de alguna u otra forma, conduce al desentrañamiento de las condiciones del mundo. Y el solo hecho de aproximarnos a tamaño derrotero nos envuelve en la magnanimidad del proyecto original. Sencillamente, para afrontar un discurrir sobre este autor (o ‘autores’) hay que haberse leído mínimamente treintaiséis obras (también se discuten algunos títulos que entran o no en tal colección), determinadas a una duración de entre cuatro y cinco horas cada una. Ya eso implica una tarea ciclópea. A lo que es digno agregarle el holgado listado de poemas (sonetos y otras especies) con que el príncipe se despachó constituyéndose también, y a la vez, en uno de los padres de la poesía moderna.
La versatilidad de Ortega la podemos ubicar asimismo en la convicción con que acuña su propia poética, intitulando los diferentes parágrafos con frases sintomáticas del texto que analiza y sobre el que se explaya. Ello representa un impulso bien conceptual, casi argumental, pero fija el rumbo por el cual nos conduce hacia la obra en su totalidad; aunque, nótese que son asertos de orden universal, prácticamente filosóficos. Es decir, Ortega asume su ‘dramaturgia’ a partir de tomar de las palabras shakespearianas aquellas que nos insertan en un nivel de la problemática, que no es precisamente el del estilo o el de la trama o el de los conflictos parciales.

Prólogo 15
Introducción 23
Shakespeare y la Cosmovisión Isabelina 25
El lugar de Shakespeare en la Cosmovisión Isabelina 29
Sobre la tragedia en Shakespeare y su diferencia con el modelo griego 33
Acerca de las citas y las traducciones 35
Una pequeña guía obvia, pero necesaria 39
Acto I: Hamlet, Príncipe de Dinamarca 40
Acto II: Macbeth 59
Acto III: El Rey Lear 84
Acto IV: Otelo, el Moro de Venecia 104
Acto V: La Tempestad 120
Epílogo 133
Bibliografía

Valoraciones

No hay valoraciones aún.

Sé el primero en valorar “Y todo el resto es silencio”

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Menú
×